Óscar Álvarez-Bobo es psiquiatra en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu (Barcelona). Licenciado en Medicina por la Universidad de Salamanca, obtuvo la especialidad de psiquiatría general de adultos y psicoterapia médica en el Reino Unido y es miembro del Royal College of Psychiatrists. Ha recibido formación en varias modalidades psicoterapéuticas y tiene especial interés en psiquiatría transcultural y medicinas tradicionales, trabajo con trauma, somatización y depresión.
Ha sido investigador principal en el primer ensayo multicéntrico de fase 2 investigando la eficacia de la psilocibina para el tratamiento de la depresión resistente y actualmente participa en varios ensayos clínicos que exploran la utilidad del 5 MeO DMT y la psilocibina en el tratamiento de la depresión. También está participando en la elaboración y diseño de nuevos ensayos clínicos en el ámbito de la fibromialgia (Proyecto Halucinate) y la angustia existencial frente a la muerte (Proyecto Bardo).
Ariel Déniz-Robaina: ¿Cuáles fueron los hallazgos clave de los estudios realizados en la década de 1950 y 1960 sobre el uso de psicodélicos como el LSD y la psilocibina en el tratamiento de trastornos mentales?
Las décadas de 1950 y 1960 marcaron un punto de inflexión en la historia de la psiquiatría y la investigación sobre la conciencia. Fue en este período cuando Albert Hofmann descubrió los efectos del LSD, y figuras influyentes como el micólogo aficionado Robert Gordon Wasson, el psiquiatra Humphry Osmond y el escritor Aldous Huxley contribuyeron a la popularización en Occidente de otros psicodélicos, como la psilocibina y la mescalina.
Este auge de los psicodélicos coincidió con una auténtica revolución en el campo, hasta entonces limitado, de la psiquiatría, impulsada por el descubrimiento e introducción de los primeros fármacos antidepresivos y antipsicóticos. Si bien estos medicamentos ofrecieron por primera vez herramientas rudimentarias para tratar enfermedades graves como el trastorno bipolar y la esquizofrenia, los psicodélicos abrieron la posibilidad de un enfoque terapéutico más holístico, personalizado e integrador. Al combinar métodos derivados del psicoanálisis y la terapia junguiana con los efectos expansores de la conciencia del LSD y otras sustancias, surgieron los llamados tratamientos psicodélicos (principalmente en EE. UU.) y psicolíticos (en Europa). Estas terapias se aplicaron en clínicas y hospitales psiquiátricos de diversos países para tratar casos severos de trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), alcoholismo e incluso esquizofrenia y autismo.
Entre los hallazgos clave de esta época destaca, en primer lugar, la confirmación de que los psicodélicos podían administrarse de manera segura en un entorno controlado, siempre que los profesionales estuvieran adecuadamente entrenados. Además, se descubrió la importancia del set y setting, es decir, el estado mental del paciente y el contexto en el que se administraba la sustancia, como factores determinantes en la experiencia y la eficacia del tratamiento. Por último, aunque las investigaciones aún estaban en una fase inicial, comenzaron a surgir datos prometedores sobre la efectividad de la combinación de psicoterapia y psicodélicos en el tratamiento de condiciones como el alcoholismo, la depresión severa y el TOC, entre otras.
Ariel Déniz-Robaina: ¿Cómo ha evolucionado la percepción social y legal de los psicodélicos desde su popularidad en la contracultura de los años 60 hasta su reciente revalorización en la ciencia y la medicina?
La percepción social sobre los psicodélicos ha recorrido un círculo completo en las últimas décadas. En los años 50, fueron recibidos con curiosidad y entusiasmo por la medicina y la ciencia como una nueva herramienta terapéutica. Sin embargo, en las décadas posteriores, estas sustancias fueron estigmatizadas y demonizadas, especialmente durante la administración de Jimmy Carter y, de manera más agresiva, con la “guerra contra las drogas” impulsada por Ronald Reagan. Hoy en día, gracias al trabajo de científicos serios y de renombre como Roland Griffiths, Robin Carhart-Harris y David Nutt, la investigación psicodélica ha resurgido con fuerza. Se ha reavivado el interés por estas poderosas herramientas de cambio y posible sanación en un campo, la salud mental, que desesperadamente las necesita.
Este cambio de percepción ha ido de la mano de una evolución social en la que el “centro de gravedad” ha ido desplazándose desde paradigmas más dogmáticos y conservadores, característicos de las décadas de 1950 y 1960, hacia enfoques más racionales y post-racionales. No debemos olvidar que muchos de los llamados “hippies” que protagonizaron la revolución psicodélica de los años 60 no eran únicamente jóvenes rebeldes, sino también estudiantes, poetas y pensadores que representaban una vanguardia cultural y no a la población general. En este sentido, la contracultura, impulsada en gran parte por el uso de psicodélicos, generó una fuerte reacción por parte de la sociedad y, sobre todo, de las instituciones que veían amenazado el status quo. Esta reacción llevó a la demonización y eventual prohibición global de estas sustancias.
A medida que la sociedad ha evolucionado—aunque a distintas velocidades en diferentes regiones del mundo—cada vez más personas han adoptado un enfoque más racional y científico (e incluso transracional en algunos casos), dejando atrás una visión del mundo basada en verdades impuestas dogmáticamente. Este cambio cognitivo ha ido acompañado de una evolución moral, en la que un número creciente de individuos ha transitado desde una moralidad convencional, basada en normas externas dictadas por padres, instituciones o religiones, hacia un nivel post-convencional (según la teoría de Kohlberg). En este nivel, la concepción del bien y del mal surge de la experiencia personal, la reflexión crítica y la intuición, en lugar de ser simplemente heredada o impuesta.
Este cambio social también plantea la necesidad de adaptar los marcos jurídicos y legislativos a las nuevas realidades. Es en este contexto, a finales del siglo XX y principios del XXI, cuando algunos científicos y médicos decidieron retomar la investigación sobre los psicodélicos, esta vez con un enfoque riguroso y respaldado por el método científico. Su objetivo era determinar si estas sustancias, utilizadas en diversas tradiciones ancestrales, podían ofrecer soluciones a problemas de salud mental, una de las grandes crisis de nuestra época.
A diferencia del pasado, estos investigadores se han encontrado con un terreno más fértil: una sociedad más dispuesta a aceptar los descubrimientos científicos sobre la efectividad de estas sustancias, mas allá de prejuicios dogmáticos o moralistas del pasado lo que no debemos confundir con las actuales consideraciones éticas o morales que deben estar en la base de toda ciencia que se precie.
Ariel Déniz-Robaina: ¿Qué papel han jugado las investigaciones sobre la terapia asistida con psicodélicos en el tratamiento de trastornos mentales como la depresión resistente, el PTSD y la ansiedad en pacientes terminales?
La investigación médica con psicodélicos, que resurgió a principios del siglo XXI, ha traído nuevas esperanzas para pacientes con trastornos mentales graves, muchos de los cuales no han encontrado respuestas adecuadas en la psiquiatría convencional. La realidad es que, desde la “época dorada” de la psicofarmacología en las décadas de 1950 y 1960—cuando surgieron los primeros antipsicóticos, estabilizadores del ánimo y antidepresivos—no ha habido avances realmente disruptivos en este campo. Aunque en su momento estos fármacos fueron considerados casi milagrosos en comparación con las herramientas previas (como la lobotomía, la terapia electroconvulsiva o el shock insulínico), con el tiempo se ha evidenciado su eficacia limitada y la carga de efectos secundarios que conllevan.
Lo verdaderamente innovador de esta nueva era de investigación psicofarmacológica es que, por primera vez, se abre la posibilidad real de integrar los avances en psicoterapia, psicopatología y neurofisiología con herramientas como los psicodélicos. Estas sustancias permiten acceder a los rincones más profundos de la psique, muchas veces inaccesibles tanto para los pacientes como para sus terapeutas, favoreciendo un abordaje más profundo y transformador del sufrimiento mental.
El potencial terapéutico de este enfoque integrador y holístico ya ha comenzado a vislumbrarse en numerosos ensayos clínicos de la última década, los cuales han demostrado la eficacia de los psicodélicos en trastornos que hasta ahora habían sido muy difíciles—o incluso imposibles—de tratar, como la depresión resistente al tratamiento o el trastorno por estrés postraumático (TEPT).
Quizás lo más sorprendente de estos estudios es que los efectos terapéuticos positivos se han observado incluso con un número muy reducido de administraciones (generalmente entre una y tres sesiones), acompañadas de intervenciones psicoterapéuticas relativamente genéricas, como el Non-Directive Approach (NDA). Esto plantea una pregunta fascinante: ¿qué podríamos lograr cuando se diseñen protocolos más específicos, ajustando el número de sesiones, la elección de la sustancia y el modelo psicoterapéutico a las necesidades individuales de cada paciente y cada trastorno? Del mismo modo que hoy en día existen múltiples protocolos y tratamientos personalizados para distintos tipos de cáncer, es posible imaginar un futuro en el que la psiquiatría cuente con una gama diversa de enfoques terapéuticos basados en psicodélicos, adaptados a cada caso particular.
Ariel Déniz-Robaina: ¿Cómo se comparan los mecanismos de acción de los psicodélicos en el cerebro con los de los tratamientos farmacológicos tradicionales para la salud mental, y qué implicaciones tiene esto para el desarrollo de nuevas terapias?
De manera simplificada se puede decir que los psicodélicos actúan a través de tres mecanismos fundamentales que los diferencian radicalmente de los psicofármacos convencionales y que explican su potencial terapéutico. En primer lugar, amplifican los contenidos mentales, tanto conscientes como inconscientes, lo que permite a los pacientes acceder a dimensiones de su psique que, en estados ordinarios de conciencia, permanecen ocultas o difusas. Esta capacidad de intensificar la experiencia subjetiva ha sido aprovechada en entornos terapéuticos para facilitar procesos de introspección profunda y desbloquear memorias, emociones y patrones de pensamiento arraigados.
Más allá de esta amplificación, los psicodélicos también actúan como agentes de reconfiguración y reconexión neuronal. Bajo su influencia, regiones del cerebro que normalmente operan de manera aislada comienzan a comunicarse, estableciendo puentes entre circuitos cerebrales que habitualmente no interactúan con fluidez. Esta capacidad de flexibilizar los patrones rígidos de funcionamiento mental resulta especialmente relevante en condiciones como la depresión o el trastorno obsesivo-compulsivo, donde los pacientes suelen quedar atrapados en bucles cognitivos difíciles de romper con enfoques convencionales.
Por último, los psicodélicos tienen un efecto neuroplástico: estimulan la formación de nuevas conexiones neuronales y favorecen la reconfiguración de redes cerebrales, facilitando procesos de aprendizaje y adaptación. A diferencia de los fármacos tradicionales, que se limitan a modular la actividad neuronal sin generar cambios estructurales duraderos, estas sustancias pueden provocar transformaciones profundas y sostenibles en la forma en que el cerebro procesa la experiencia.
Este enfoque contrasta radicalmente con el paradigma predominante en la psiquiatría convencional, donde los psicofármacos han funcionado, en términos generales, como reguladores del volumen o tono emocional. Su efecto principal ha sido mitigar la intensidad de pensamientos y afectos disfuncionales por ejemplo, que cosas que nos importan mucho (una idea delirante u obsesiva) deje de importarnos tanto o atenuar la angustia paralizante de la ansiedad o amortiguar los extremos emocionales de la manía y la depresión de manera que podamos funcionar de una manera más o menos normal. Sin embargo, su eficacia depende de una administración continua, lo que obliga a los pacientes a sostener a largo plazo tanto los beneficios como los efectos secundarios de estos fármacos.
Los psicodélicos, en cambio, permiten alcanzar resultados terapéuticos con un número limitado de sesiones, generando cambios profundos en la subjetividad y la neurofisiología sin la necesidad de una exposición prolongada a la sustancia. Este modelo no solo redefine nuestra comprensión de la intervención psiquiátrica, sino que abre la puerta a una manera completamente nueva de tratar el sufrimiento mental, integrando los avances en neurociencia con una exploración más profunda de la psique humana.
Ariel Déniz-Robaina: ¿Cuáles son los desafíos éticos y legales que enfrentan los investigadores en la actualidad al estudiar los efectos terapéuticos de los psicodélicos, y qué cambios regulatorios podrían facilitar su uso en contextos clínicos?
Desde una perspectiva ética y legal, uno de los principales obstáculos que enfrentamos los investigadores en el campo de los psicodélicos es la persistencia de una legislación anacrónica, establecida en las décadas de 1960 y 1970 en el contexto de la “guerra contra las drogas”. En aquel entonces, organismos como la FDA y otras agencias regulatorias diseñaron marcos legales para combatir lo que se percibía como una amenaza social: el abuso de sustancias psicoactivas. Si bien es cierto que existen razones legítimas para la regulación, e incluso la prohibición, de compuestos altamente adictivos y con escaso valor terapéutico—como la metanfetamina, el crack o la heroína—estos mismos argumentos se vuelven mucho más cuestionables cuando se aplican a sustancias como la psilocibina, el LSD o el DMT.
A diferencia de los narcóticos más peligrosos, los psicodélicos han demostrado un bajo o nulo potencial adictivo, presentan un perfil de seguridad favorable cuando se utilizan en condiciones adecuadas y poseen un claro potencial terapéutico que debería poder explorarse sin restricciones innecesarias. Sin embargo, por razones que responden más a factores sociopolíticos que a criterios científicos, estas sustancias fueron equiparadas legalmente a drogas de abuso sin utilidad médica, lo que resultó en su prohibición global y en décadas de estancamiento en la investigación.
El impacto de esta categorización ha sido significativo. Durante más de cuarenta años, la investigación médica sobre psicodélicos se vio seriamente limitada, no solo por la dificultad de obtener permisos para su estudio, sino también por el estigma asociado a su uso. Muy pocos científicos se atrevieron a desafiar la percepción predominante sobre estas sustancias, y aquellos que lo hicieron se encontraron con la falta de financiamiento y apoyo institucional para desarrollar estudios rigurosos que pudieran validar su potencial terapéutico.
No obstante, esta situación ha comenzado a cambiar en la última década. Cada vez más sectores de la sociedad han mostrado interés y apoyo hacia la investigación psicodélica, y han surgido tímidos intentos de reforma legislativa. Ejemplos como la despenalización del cannabis medicinal en varios países o la reciente regulación de la psilocibina en el estado de Oregón demuestran que el paradigma prohibicionista está siendo cuestionado. Sin embargo, estas iniciativas aún son fragmentarias y no abordan el problema de fondo: la necesidad de una reforma más amplia y basada en la evidencia científica.
Despenalizar y regular el uso de psicodélicos en función de los riesgos reales que representan no solo corregiría una injusticia histórica, sino que además facilitaría y abarataría la investigación en este campo. La reducción de costos y la eliminación de barreras burocráticas permitirían acelerar el desarrollo de tratamientos basados en estas sustancias, asegurando que puedan llegar a quienes más las necesitan. En un momento en que la salud mental enfrenta una crisis sin precedentes, resulta imperativo replantear los marcos regulatorios y adoptar una visión más racional, científica y humanista sobre el papel de los psicodélicos en la medicina.
Ariel Déniz-Robaina: ¿Cómo la integración de prácticas tradicionales de uso de plantas psicodélicas en comunidades indígenas puede influir en la moderna terapia psicodélica y qué aprendizajes pueden extraerse de estas culturas en términos de salud mental y bienestar?
Las plantas y medicinas psicodélicas tienen un extenso historial de uso dentro de la medicina tradicional y en numerosas comunidades indígenas, especialmente—aunque no exclusivamente—en América Latina. En estos contextos, las ceremonias con plantas sagradas han servido no solo como herramientas para la sanación de enfermedades, sino también como espacios para la resolución de conflictos, la toma de decisiones vitales y la cohesión comunitaria. A lo largo de generaciones, curanderos y chamanes han desarrollado sofisticadas tecnologías rituales para guiar los estados expandidos de conciencia inducidos por estas sustancias, empleando elementos como el ritmo, la música y el canto con el fin de orientar la experiencia de manera beneficiosa para los participantes.
Estas tecnologías, lejos de ser el producto de la improvisación, han sido perfeccionadas a lo largo de siglos de práctica y transmisión intergeneracional, enraizadas en cosmovisiones particulares que dotan de sentido a la experiencia. Su aprendizaje suele ocurrir en el marco de complejos procesos de formación, en los que la propia ingesta de estas sustancias juega un papel clave en la adquisición de conocimiento. Sin embargo, este vasto acervo de sabiduría tradicional se encuentra en riesgo de perderse. El desdén del mundo moderno hacia estas prácticas—muchas veces bajo la etiqueta de superstición o primitivismo—ha erosionado su prestigio, incluso entre los propios jóvenes indígenas, quienes con frecuencia muestran escaso interés en emprender el arduo entrenamiento requerido para convertirse en guardianes de estas tradiciones.
No obstante, es importante reconocer que estas prácticas no están exentas de sombras ni de dilemas éticos. Al igual que con cualquier tecnología humana, el conocimiento chamánico puede ser utilizado con fines tanto sanadores como destructivos. A lo largo de la historia, han existido casos en los que el poder conferido por estos estados expandidos ha sido empleado para la manipulación, el abuso de autoridad o incluso la agresión ritual contra rivales o personas consideradas enemigas.
En un mundo ideal, la terapia moderna con psicodélicos podría enriquecerse enormemente del conocimiento indígena sobre el manejo de los estados no ordinarios de conciencia. Elementos como la música, el ritmo y la estructura ritual ofrecen valiosas herramientas para facilitar la experiencia terapéutica, así como modelos de formación basados en la experiencia directa con estas sustancias, análogos a la importancia que la terapia personal y la supervisión tienen en la formación de psicoterapeutas contemporáneos. Sin embargo, este aprendizaje no puede entenderse como una mera transposición de los conocimientos indígenas al contexto moderno, ni viceversa.
Más bien, lo que se requiere es un diálogo respetuoso, teniendo en cuenta las diferentes cosmovisiones y bagajes culturales, realizando adaptaciones donde fuera necesario y corrigiendo errores y sesgos a través de la observación y experimentación meticulosa, siempre guiado por los principios fundamentales que han definido la medicina desde sus orígenes: aliviar el sufrimiento y, por encima de todo, no causar daño (primum non nocere).
