Natalia Martínez-Alcalde
De niña tuve un sueño que, por alguna razón que no consigo explicar, me marcó profundamente. Recuerdo detalles: caminaba por pasillos oscuros, suelos y muros de piedra gris, el fuego de las antorchas alumbraba el interior de aquel castillo medieval de techos altos. Era de noche, la penumbra entorpecía mi camino. Perdida, me encontré con un ser espectral que flotaba; bajo un rostro de varón, tez blanca y pelo castaño, una túnica larga color bermellón le cubría el cuerpo. Alzando el brazo derecho, que permanecía escondido bajo el manto, me indicó el camino: debes ir por ahí. Me hablaba desde arriba; no era precisa- mente benevolente, tampoco malvado, era un simple mensajero. No sé qué pasó después. ¿Obedecí o me quedé petrificada en el interior de la construcción, confinada entre sus murallas, sus baluartes y sus fosos? El hombre me dijo más cosas —muchas más— pero no mantengo ninguna de ellas. Tampoco sé especificar cuándo sucedió, supongo que fue entre los cinco y los ocho años. Al despertar —¿desde la pureza de la infancia? — percibí aquel sueño como un oráculo, un vaticinio, una comisión divina.
El sueño que aquí narro contiene símbolos clásicos del mundo onírico, nada descabellado: un castillo, la noche, el miedo que provoca la oscuridad, el saberse extraviado y un espíritu volador señalando el camino. De acuerdo con Carl Gustav Jung (ese psicólogo suizo tan particular como influyente que jugó un papel crucial en las primeras etapas del psicoanálisis, y quien, tras años de una ferviente amistad, se convirtió en rival de Freud) lo que reside en el inconsciente se manifiesta a través de los sueños. Cuando dormimos la parte más honda y misteriosa de nuestra psique —inexplorada como el fondo del océano— nos envía mensajes encriptados en forma de símbolos; cada símbolo contiene un significado superior que escapa de lo inmediato y por ello es objeto de interpretación.
El contenido de lo onírico proviene de un reino al que no se puede acceder de forma racional, es necesario apagar la mente para que ese mundo se manifieste dentro de nosotros.
Jung se sentía cautivado por el carácter irreflexivo, dinámico y espontáneo de los sueños. Enfocó gran parte de su trabajo en el análisis de la actividad onírica —grieta por la que se filtra el inconsciente—. Tras años de interpretar los sueños de sus pacientes, le llamó la atención notar coincidencias: ciertos símbolos, imágenes y situaciones que se repetían de paciente a paciente.
Y esos símbolos repetidos aparecían también en otros procesos involuntarios de la psique como los delirios o las alucinaciones —¡curiosísimo! —. Jung fue más allá, se percató de que estos elementos oníricos guardaban similitud con símbolos presentes en las narraciones mitológicas antiguas. De estas coincidencias nació el que sería uno de los conceptos más relevantes de su trabajo académico: el inconsciente colectivo. Lo mencionó por primera vez en un ensayo publicado en 1916 titulado La estructura de lo inconsciente. Allí explica que, por debajo del inconsciente personal, existe otro plano del que bebemos todos como humanidad, es el alma de lo colectivo, una fuente basta y oscura habitada por símbolos a los llamó “arquetipos”, patrones e imágenes universales, formas innatas, que existen a priori de la psique individual. Ha sido así desde nuestros orígenes: los símbolos universales brotan impulsivamente y la mente consciente los transforma en narrativas, desde rituales hasta ceremonias, representaciones artísticas, mitos o relatos religiosos, los cuentos de hadas que nos leían antes de ir a la cama cuando éramos niños o los arcanos que aparecen en las cartas del Tarot.
Aunque el número de arquetipos es desmedido, hay algunos particularmente recurrentes: situaciones como el nacimiento y la muerte; personajes como el viejo sabio, la gran madre, el padre y el niño; objetos como el árbol de la vida; realidades duales como dios y el diablo, el cielo y la tierra, la luz y la sombra. El innegable protagonista de ese mundo subconsciente es el héroe que emprende su camino hacia la individuación.
Estudiar mitología —grecorromana, nórdica, egipcia, azteca, da igual—, historia del arte, los clásicos de la literatura, los libros sagrados de las religiones —cualquiera de ellos— o, en última instancia, el Tarot u otra disciplina oculta, supone sumergirse en el reino del inconsciente colectivo y conocer las implicaciones de cada arquetipo.
El Tarot, por ejemplo, como práctica irracional que rehúye de los preceptos de la lógica para dar respuesta a los misterios de la realidad, tiene su raíz en los modelos del inconsciente colectivo. Si te sientas a admirar a los personajes en las cartas encontrarás a los arquetipos de Jung: personajes, cosas o elementos que muy probablemente se te han aparecido en sueños. Los reconocerás sin hacer demasiado esfuerzo y comprenderás, casi instintivamente, qué mensaje encripta cada uno de ellos. Sabrás separar a las cartas buenas de las malas, por sentido común: reconocerás al viejo sabio en el Ermitaño, a la madre en la Emperatriz, al padre en el Emperador, al bufón en el Loco. El Tarot es, quizá, la enciclopedia más esmerada del inconsciente colectivo junguiano. Leer las cartas se parece muchísimo a lo que hacía Jung al interpretar los sueños de sus pacientes. Frente a los arcanos —los arquetipos ilustrados en la baraja— emprendemos una suerte de juego onírico que nos permite escarbar en el subconsciente del consultante. En su forma más loable, el Tarot debe ser una práctica participativa, una conversación entre tarotista y consultante. El tarotista conoce los significados universales de cada carta y, por tanto, es capaz de comunicar los mensajes que surgen al elegir uno, dos o tres arcanos. Sin embargo, el significado general variará en función del individuo y del contexto de quien pregunta. El Tarot, así como la interpretación onírica, no es una ciencia exacta y de poco sirven los diccionarios si no somos capaces de unir el significado universal con la experiencia particular del consultante.
Ilustro esto con un ejemplo: hace tiempo en un curso de Tarot una de mis alumnas me dijo que sentía repulsión por la carta del emperador, odiaba cuando le aparecía en una tirada. Me resultó curioso, el emperador no es una carta con connotaciones negativas. Es el arquetipo del padre, refleja disciplina y potestad. Aunque la figura es severa y contundente —barba blanca, expresión seria, patriarca sentado en su trono de piedra— la ilustración es luminosa.
El fondo anaranjado lo sitúa como el rey de la acción y su número, el cuatro, es alegoría de estabilidad. Pero ella lo encontraba agresivo, autoritario, un líder despiadado. No comprendía conscientemente la razón de tal animadversión, era su inconsciente el que se manifestaba al encontrarse con la imagen. Cuando de interpretar sueños o las cartas de Tarot se trata, no es el símbolo por sí mismo, sino la totalidad del individuo que percibe o produce el símbolo.
Ahora bien, el sueño que narré al inicio consta de algunos elementos clásicos de la actividad onírica, es decir, símbolos del inconsciente colectivo. Ocurría de noche, la penumbra, a pesar de las antorchas encendidas, reinaba en el interior y el exterior del castillo laberíntico, dificultando la salida. La oscuridad, la sombra, es la base sobre la que se suelen construir las historias de terror, los enigmas se ocultan en la opacidad de la noche y el no divisar con claridad el entorno provoca naturalmente miedo; tememos a la incertidumbre, a lo desconocido. Desde un punto de vista psicológico, la sombra (sucede así en las cartas de Tarot que tienen fondo negro), hace referencia al inconsciente, a la parte más negada de nuestra psique, lo que hemos reprimido. El segundo elemento sería el castillo (imagen recurrente en las cartas). Esta construcción, con su torre, fosas y puentes, es símbolo de inaccesibilidad, una estructura construida con el fin de resguardar y proteger de amenazas externas. Por último, está el espíritu, el hombre de manto bermellón que flotaba y desde lo alto me indicaba el camino. Es curioso, recuerdo con nitidez el color de su túnica, naranja rojizo opaco; de acuerdo con el Tarot, el rojo se asocia con el elemento fuego y éste ejemplifica la acción, el movimiento y la vitalidad, la voluntad de prosperar y superar obstáculos. En fin, para comprender lo que soñé, sería indispensable unir el inconsciente individual de la Natalia de cinco, seis o siete años con los mensajes de cada símbolo, hablar con ella, hacerle preguntas, unir contexto con significado… leerle las cartas, emprender el juego de la interpretación onírica y escapar, aunque sea por un rato, de este mundo material, cruzar las fronteras de la razón para abrir las puertas a la posibilidad de lo extraordinario…
cerrar los ojos cada noche sabiendo que es entonces, con el raciocinio apagado, que la parte más honda del inconsciente florece espontáneamente en los sueños.
Texto de NATALIA MARTÍNEZ-ALCALDE
Los primeros pensamientos fueron los sueños. Natalia Martínez-Alcalde nos habla de sus primeras fantasías y de cómo los arquetipos pueden darnos las respuestas que buscamos. Un relato delicioso de la autora de la novela Delirio, acreedora del premio Tuber Melanosporum a la mejor novela negra del festival Morella Negra 2024. Natalia nos ofrece un relato inédito, tras su paso como gestora cultural por instituciones de la talla de la Fundación Juan March de Madrid o Le Gallerie degli Uffizi en Florencia. Lujo místico.
Obra artística de INMA COLL
Inma Coll (Valencia, 1957) es licenciada en Bellas Artes por la Facultad de San Carlos de Valencia. Dentro del campo artístico profesional ha desarrollado una trayectoria de más de treinta años en la pintura, el grabado y últimamente en la escultura.
Ha realizado más de 70 exposiciones en galerías y entidades de ciudades españolas y del extranjero. Asimismo, ha expuesto en diferentes ferias nacionales e internacionales. En la actualidad investiga nuevas formas de expresión como action painting y performance.
