El 29 de octubre de 2024, la Dana (Depresión Aislada en Niveles Altos) dejó una estela de destrucción en varias localidades de la Huerta Sur valenciana, zona en la que se localizan decenas de estudios artísticos, entre ellos el del artista Juan Olivares, en Catarroja. El agua alcanzó en su caso un nivel de 1,60 metros, inundando el espacio donde el pintor conservaba, entre decenas de obras, las que considera como su “archivo personal”, una valiosa colección de pinturas de gran formato que abarca varias décadas de su trayectoria artística. Tras el desastre, y ante el avance inexorable de los hongos sobre las pinturas, Olivares recurrió a las redes sociales en busca de ayuda, y la respuesta fue inmediata.
La profesora Silvia García Fernández-Villa, doctora especialista en conservación- restauración y profesora de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), se ofreció a asistir al artista en la recuperación de sus obras, comenzando un proceso que hoy combina esfuerzos de restauración, ciencia y conocimiento técnico.
La emergencia inicial
Tras el paso de la Dana, el panorama en el estudio resultaba desolador. Las pinturas, especialmente aquellas que el propio artista conservaba como su “archivo personal”, estaban completamente empapadas y enfangadas, y la amenaza de daño irreversible era inminente. El agua no solo había provocado deformaciones físicas y acumulación de barro, sino que también había favorecido el crecimiento de hongos, un factor biológico que ponía en serio riesgo la conservación de las obras. Para ello, y bajo las instrucciones de la profesora García Fernández-Villa, se implementaron una serie de medidas inmediatas y accesibles, como el uso de deshumidificadores caseros, la eliminación de embalajes que favorecieran la proliferación de hongos y la mejora de la ventilación en el taller para reducir la humedad. Sin embargo, la situación era crítica: con niveles de humedad por encima del 95%, se hacía imprescindible trasladar parte de las pinturas a un espacio seguro para evitar daños mayores.

Daños causados por la riada
Los daños más evidentes fueron aquellos causados por la riada que arrastró agua y lodo. Además de los hongos, el barro cubría las superficies de las pinturas, y los bastidores se deformaron a causa del exceso de agua. En algunos casos, los lienzos se rompieron debido a los golpes y movimientos bruscos durante la inundación. Sin embargo, otro tipo de daño también se produjo debido a las acciones de salvamento realizadas de manera improvisada. En un intento de emergencia por limpiar las obras de la capa de barro por parte del propio artista, se recurrió al uso de agua a presión, un método que, aunque efectivamente eliminó los residuos, causó efectos secundarios no deseados, como la aparición de ampollas y la pérdida de la capa pictórica en algunas zonas.
“Si bien la limpieza a presión parecía ser una solución rápida y con claro efecto catártico, también comprometió la integridad de las pinturas”, explica García Fernández-Villa.
La intervención científica
El equipo encabezado por la profesora García Fernández-Villa no solo actuó sobre la emergencia inmediata, sino que también estableció una colaboración con distintos especialistas en conservación, biología y química gracias a un convenio de investigación suscrito entre Olivares y la UCM. Gracias a éste se ha permitido afrontar la restauración contando con un equipo de especialistas con acceso a recursos y conocimientos avanzados para abordar este reto único.
Las pinturas de gran formato, que van desde el óleo hasta el acrílico, han sido objeto de un tratamiento riguroso en el que la restauración va de la mano de la investigación. El equipo de LabMat, laboratorio de materiales de la Facultad de Bellas Artes, se ha centrado en estudiar las estratigrafías de las obras y en analizar las fibras de los lienzos para encontrar el mejor enfoque para su restauración. También se ha realizado un examen exhaustivo de las obras para evaluar el alcance del daño y las mejores estrategias de intervención. Para ello, se utilizaron diferentes tipos de radiaciones, lo que ha permitido realizar un mapa detallado de los daños que presenta cada una de las pinturas.

Nuevos desafíos y generación de conocimiento
Una de las grandes dificultades de la restauración radica en la falta de precedentes. “No existen estudios publicados sobre cómo tratar el barro acumulado en pinturas contemporáneas, ni sobre cómo reparar las ampollas causadas por el agua a presión en preparaciones comerciales”, señala la profesora García Fernández-Villa. Esto ha hecho que el proceso de restauración no solo se enfoque en la recuperación de las obras, sino también en la generación de nuevo conocimiento para futuros desafíos similares.
Las primeras fases de restauración se han centrado en la limpieza de los residuos, el tratamiento curativo de los hongos y la estabilización de las pinturas, pero aún queda trabajo por hacer. El equipo se enfrenta ahora a la tarea de aplicar tratamientos preventivos para evitar futuros ataques biológicos, especialmente debido al hecho de que el estudio de Olivares en Catarroja, al que volverán las obras una vez restauradas, es un entorno propenso a la humedad. Por ello, el catedrático de biología Domingo Marquina continúa investigando métodos antibióticos que puedan prevenir el ataque de hongos en el futuro, una tarea crucial para garantizar la conservación a largo plazo de estas valiosas piezas.
Lo que comenzó como una tragedia para Juan Olivares y su archivo personal de obras artísticas se ha transformado en una oportunidad única para la ciencia y la conservación del patrimonio artístico contemporáneo. La colaboración entre el arte y la ciencia ha permitido que esta valiosa colección pueda ser preservada para futuras generaciones, y así continúa el proceso de restauración, con la esperanza de devolver las pinturas de Olivares a su esplendor original.
