Carlos Sánchez Rey
Ámsterdam siempre es una opción, una de las buenas, y aunque somos más amantes de los hoteles nicho, esto no podíamos dejarlo pasar por ser un hotel que expresa su historia y se expresa en códigos contemporáneos que nos hacen vibrar de emoción , así que hacemos la maleta y nos dejamos llevar por la ilusión para describíroslo.
Dejamos atrás la catedral moderna de la aviación que representa en las olas multicolores de su cubierta la T4 que Rogers firmará para el aeropuerto de Madrid para bajarme del tranvía en la parada Keizersgracht justo cuando la luz del atardecer tiñe el canal de destellos dorados. El murmullo de las campanas lejanas y el eco de mis pasos sobre los adoquines componen la banda sonora perfecta para este instante y empiezo a saborear el preludio de lo que está por venir: el Rosewood Amsterdam, una mansión del siglo XVIII renacida como refugio de arte, diseño y discreta sofisticación.

Restaurant Eeuwen · Rosewood Amsterdam

The Grand Library · Rosewood Amsterdam

Anton Corbijn – Kate Bush

Keizersgracht House · Rosewood Amsterdam
Era apenas una veinteañero cuando me enamoré por primera vez de esta ciudad: el juego de la luz sobre el agua, la cadencia casi silenciosa de una rueda de bicicleta, el aroma de un stroopwafel recién hecho al amanecer. Entonces, permitirme un exceso era un extra de nata en el café. Hoy, adentrado en la madurez, ansío la hondura: tertulias hasta el amanecer en salones rebosantes de libros, conversaciones sobre el sentido del tiempo o escapadas furtivas para remar bajo la luna en un kayak prestado. Así que, al conocer la metamorfosis de este palacete en hotel de culto, supe que debía experimentarlo con todos los sentidos.
Al llegar, la puerta, flanqueada por cornisas centenarias y faroles de hierro forjado, se abre a un vestíbulo que parece sacado de un cuento. Sillas de terciopelo azul medianoche se disponen alrededor de una chimenea de gas; lámparas de vidrio soplado cuelgan como fuegos artificiales congelados. El aire, fresco y reconfortante a la vez, trae notas sutiles de sándalo y bergamota. Imagino a algún pintor del Siglo de Oro holandés alzando una ceja detrás del mostrador, pero lo que recibo es un sencillo tarjetero grabado: la llave de mi breve realeza urbana.
Me conducen a la suite Canal View Junior donde la puerta, con tallado artesanal, se abre a un interior donde los pisos lacados brillan bajo mis pasos. Frente a mí, los ventanales alargados como si quisieran alcanzar el cielo revelan la Keizersgracht: barcas de color miel silenciosas, cisnes que navegan como en cámara lenta, reflejos de ladrillo rojo y cielo cambiante. Una chaise longue me invita a hundirme con un libro; me entrego, y durante un instante, los correos y el calendario se desvanecen. Tras el insight momentáneo quiero descubrir la arquitectura con sus detalles. Recorro los pasillos y descubro un museo improvisado: jarrones mexicanos de los sesenta junto a esculturas venecianas, libros de pintura barroca abierta en una página de Vermeer. La iluminación es suave, estratificada: ningún neón agresivo, solo charcos de luz ámbar. Las moquetas, en lana de tonos joya apagados, dan la sensación de haber absorbido susurros y confidencias a lo largo de los siglos. Todo aquí se siente vivido más que exhibido.
Al caer la tarde el ambiente es un murmullo envolvente bajo the Hoff: el tintinear de copas, el susurro del molinillo de café. Pido un Negroni, ese elixir rojo como rubí, y contemplo al barman perfumar la copa con un toque de piel de naranja. Cada sorbo es un viaje: amargo, vibrante, con ecos de aquella tradición de comercio y desafío que define a esta ciudad. La gastronomía aquí es un poema en actos. En Carstens me sirven un menú de seis pasos o momentos: lubina curada al limón, salsifí asado bajo una nube de trufa negra, una reinvención de la croqueta holandesa como esfera fundente de parmesano. Cada plato es precisión y travesura: me descubro mordiéndome el labio entre bocado y bocado, mientras la conversación se vuelve un murmullo de gratitud. El maridaje, un chardonnay biodinámico, desliza calor de miel por mi pecho.




El Sense® Spa se esconde en un nivel inferior aunque es un espacio muy superior. La sala de vapor huele a eucalipto y salvia blanca; apoyo las palmas en el banco de piedra cálida y siento cómo se disuelven las tensiones acumuladas de viajes y pantallas. Brittany, la directora y gran conocedora de la sanación cuerpo-alma, me guía en el ritual Amsterdam Awakening: exfoliación con turba, plantas escogidas por mi y sal marina, seguido de un masaje tan armónico que diría coreográfico. Cuando coloca los efluvios de la mezcla bajo mi nariz, casi abandono la noción del tiempo. Salgo al lounge de relajación con una infusión de menta y limón, contemplando una piscina inundada de luz cenital que proviene de un jardín hundido donde esculturas vegetales y un pozo de agua invitan al recogimiento.
Rosewood es también un trampolín a los secretos mejor guardados de Ámsterdam. Una mañana me adentro en el Jordaan con un puñado de direcciones del conserje. Encuentro un café donde tuestan cebada a la llama para una infusión terrosa, casi otoñal; mientras paseo sin rumbo mis pies me conducen como una brújula al Rijksmuseum en cuyo túnel escucho a un librero aficionado a leer en voz alta a Kundera en checo y más adelante a un grupo de cantores mongoles que hacen de lo gutural un hit parade en sus expresiones vocales. Regreso al hotel antes del mediodía sintiendo esa emoción de privilegio porque aquí cada umbral abre un universo distinto. Una mañana formo parte de un tour privado en lancha y nos deslizamos bajo puentes bajos, dejando que el casco acaricie las aguas, mientras Jetteke que se convirtió en mi guía ocasional me señala las casas ancladas literalmente en el agua que forman parte del paisaje inconfundible de la ciudad de los canales. Me inclino, casi rozando la superficie, y dejo que la historia de comerciantes, pintores y amantes furtivos me envuelva. Al regresar al embarcadero del Rosewood, la silueta del hotel se alza como un viejo amigo.

Monumental staircase

The Grandfather Clock

Asaya Spa · Studio Piet Boon
Al caer la noche, me refugio en el bar-biblioteca: sillones de piel, globos antiguos y estanterías repletas de tomos encuadernados. Un pianista despliega a Chopin entre las mesas, y yo saboreo un whisky de malta. La línea de Kundera resuena en mi mente: “Nunca sabemos lo que deseamos, porque vivimos una sola vida…” Deslizo la copa por la barra y dejo que el ámbar inspire mis notas: “La longevidad no se mide en años, sino en momentos que nos hacen sentir vivos. El amanecer me sorprende demasiado pronto. Hago la maleta con una melancolía suave, como quien deja la casa de un amigo entrañable. Antes del check‑out, vuelvo a observar la claridad del jardín al despuntar el día y pienso en la arquitectura holística de Gion A. Caminada, que busca sanar cuerpo y alma. El Rosewood hace lo propio a su manera: es un templo a la presencia, al deleite pausado. Salgo a la calle y me envuelve la sinfonía de bicicletas, campanas y bruma matinal. Doy una bocanada consciente y guardo conmigo una chispa de este refugio: el susurro de la biblioteca, el resplandor de los ventanales al canal, la exactitud de un Negroni. La vida, como un hojaldre, se despliega en finas capas. Aprender a saborear cada una con curiosidad, gratitud y algún capricho indulgente garantiza una existencia tan rica y resonante como cualquier obra maestra del Rijksmuseum. Y así prosigo mi camino, un poco más despierto, porque seguro que las memorias del Rosewood Amsterdam me acompañarán mucho tiempo después de haber abandonado su elegante portal.


Studio Piet Boon

texto de carlos sánchez rey
Doctor en Filología Inglesa, con formación en Psicología y Filosofía. Empresario. Profesor asociado en la Universidad de Castilla-La Mancha. Director creativo y colaborador en medios de comunicación.
Fotografías
Maarten Willemstein for Studio Molen. Danielle Siobhan.
Eddo Hartmann for Kunstmest. Chantal Arnts. Levi van Veluw.
Daniel Samama. Jonathan Maloney.
Fotografías cortesía de Rosewood Amsterdam (2025).
