Adrián García (AG): ¿Cómo describirías la obra de Yayoi Kusama y qué destacarías de ella?
Ariel Déniz-Robaina (ADR): Yo creo que su obra es una obra infinita porque apela a dos cosas que son importantes y que además son básicas en este tiempo. Una es, aunque parezca sorprendente, la lucha contra la mediocridad; y otra es la función terapéutica del arte.
En este tiempo donde es más importante el ruido que la conciencia, es una artista muy relevante. Ella decide ingresar en un psiquiátrico para sostener su enfermedad y luego seguir haciéndolo a través del arte. En contraposición a la gente que no se atiende, que genera muchos conflictos en su entorno y problemas sociales. Y es una cosa que pensamos poco. Cuando alguien conduce mal, nos interpela, y cuando alguien es maleducado en un mostrador, nos inquieta. La mediocridad nos ocupa mucho espacio vital, nos gasta y consume mucho tiempo, e incluso puede enfermarnos. Para mí, ella representa la brillantez de manejarse con unos sufrimientos psíquicos muy complejos.
Por otro lado, creo que es una prueba viviente de cómo el arte tiene una función terapéutica y permite reinterpretar la vida.

AG: Desde tu perspectiva psicológica, ¿cómo se pueden conjugar el arte y la creación con los problemas de salud mental reconocidos de Yayoi y de los artistas a lo largo de la historia?
ADR: Siempre se ha romantizado el sufrimiento mental en relación con el arte. Un ejemplo importante es el caso de Van Gogh, y existen muchos artistas, sobre todo en el conocimiento más mainstream, que nos resultan icónicos respecto al sufrimiento.
Yo creo que Kusama es probablemente el caso más lúcido y más documentado del siglo XX de una artista que no separó nunca su padecimiento de su creación. Ella vivió por decisión propia en una institución psiquiátrica en Tokio durante más de medio siglo. Todo esto es una declaración y un modo de artivismo, que diría nuestra querida Marina Vargas, o un modo de activismo social, donde el arte no solo la cura, sino que la sostiene.
Debemos ser precisos porque el arte no debe romantizar la enfermedad. Lo que hace el arte es organizar la enfermedad, dar un espacio en la vida, permitir interpretarla, comprenderla y simbolizarla. Al final sabemos que está en el sentido más profundo de un padecimiento. Por otro lado, yo creo que Kusama no pintaba lunares, sino que ella expresaba una gramática del infinito de su propia mente con estas tramas en movimiento, donde cada punto podría perfectamente representar un síntoma, una plegaria de sus obsesiones y del propio mantra psíquico que ella estaba desarrollando.
AG: También a nivel psicológico, ¿cómo se convierte realmente el arte en un mecanismo de escapismo y de supervivencia?
ADR: Crear activa lo que en psicología llamamos la «función simbólica», la capacidad de transformar una emoción que es intolerable en una imagen tolerable.
Cuando yo represento algo, sea modelado con figuras, con un collage o en una pintura, yo puedo intervenir como un Dios sobre él y modificarlo. Yo no puedo modificar la relación que tengo con mi padre, ni puedo modificar inspiraciones, pero sí puedo hacer modificaciones sobre la interpretación visual, auditiva o constructiva que hago de esos elementos. Desde ese punto de vista, a ella en una etapa muy temprana le empiezan a servir estos visuales que nos resultan fascinantes, pero que al fin y al cabo no dejan de ser un prospecto del propio camino que ella emprende para sostener sus peculiaridades y también su enfermedad.
Yo distinguiría dos gestos que a veces se confunden: el escapismo de huir del mundo a través del arte, y la supervivencia psíquica, que es construir un mundo propio donde sí se puede habitar. Y el arte en eso tiene mucho que decir. La mayor parte de la gente que utiliza el arte reduce sus padecimientos de ansiedad y de depresión. En Kusama encontramos la capacidad para que sufrimientos mentales incluso más duros y drásticos puedan darle sostén a través de la creación.

AG: Si pudieras darle un consejo a las personas que actualmente están usando el arte como ese mecanismo de refugio y supervivencia, ¿qué consejo les darías?
ADR: Lo primero es que hay que permitirle al arte que sea un refugio y no una carrera. No hay que pintar bonito, sino simplemente pintar. Y esto lo puedes hacer en el sobre de un recibo de la luz o lo puedes hacer con un trozo de cartón. Simplemente coger con tu mano y modelar el cartón, modificarlo pensando en algo que te inquieta en este momento, ya eso es terapéutico. No todo lo que se crea es para sobrevivir o tiene que exponerse, venderse o gustar, sino que hay que poner el foco en el valor terapéutico.
Los adultos perdemos la conciencia sobre el experimento. Aunque a vaces se hacen daños, los niños experimentando descubren cosas sobre cómo es la textura de una sandía, cuánta corriente da un enchufe doméstico, o cuánto se puede estirar algo antes de romperse. Los adultos hacemos eso poco porque nos da vergüenza que se nos vea probar algo y fracasar.
Así que mis consejos serían: en primer lugar, pide más refugio y menos producción. En segundo lugar, cuidar el proceso más que el resultado. Lo que nos pasa en el propio ritual de la creación artística es más importante para la psique (porque nos calma y nos estructura) que el hecho de buscar inspiración en sí mismo. Y en tercer lugar, escuchar y mantener la curiosidad activa es una de las funciones más terapéuticas. Como decía Mihály Csíkszentmihályi investigando con escaladores y que también se ha aplicado con artistas, el acto de hacer una tarea de manera repetida y estar consciente de ella y centrado en el proceso hace que las personas vivan una experiencia de elasticidad del Yo, como que fluyen.

AG: A modo de conclusión, ¿qué legado deja Yayoi Kusama en el mundo del arte y la psicología?
ADR: Kusama nos deja un legado sobre cómo el arte puede sostener y estructurar la vida privada y personal, y también sobre cómo luchar contra la mediocridad nos hace mejores. Cómo ella, siendo consciente de sí misma y manejando lo que le pasaba, nunca fue un problema, sino que ha sido para nosotros una inspiración conmovedora.
















Fotos de ADR•LAB – Guggenheim
