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Hannes Peer & The Manner

No solo nos alimentamos de historias sino también de la fascinación que encontramos recorriendo lugares excepcionales. Carlos Sánchez Rey nos invita, en primicia, a un espacio de altura: The Manner. Viajamos con él al West Side de Manhattan para descubrir a Hannes Peer, el genio que consigue convertir en icono todo lo que toca.


Carlos Sánchez Rey

El universo hotelero está tan repleto de estrellas como el firmamento mismo, pero un hotel también es un hospedaje para el alma. No solo es una cama, comida rica y un spa con gimnasio. Es un generador de emociones que nos atrapa o nos escupe independientemente del número de estrellas que luzca en la entrada.

Sentir es el verbo que debe priorizar en estas singladuras, hacerte sentir. Sentimientos que afloran diversos y promiscuos al albur de un lobby, realidades que florecen en tu interior desde el sosiego de un spa o desayunos pantagruélicos que dan la bienvenida a un día repleto de aventuras. Todo eso junto a una cama que te permite mil fantasías en formato real o soñado. 

Crear todo ese envoltorio es en realidad crear la esencia, esa del viajero que busca, que se busca y que consigue descansar en los brazos estéticos de quien lo acuna en ese momento. Por eso es tan especial cada encuentro con alguno de estos hogares perentorios ( bueno, algunos hasta llegan a vivir en ellos cuando dan con el adecuado), porque sacan de nosotros la mejor versión del disfrutón homínidus y nos relamemos al ser conscientes del cúmulo de aspectos que se han concebido y ejecutado en aras de la belleza. La que viven nuestros sentidos.

Se trata de un camino bidireccional, porque también nosotros aportamos a la acción la capacidad de lectura, de interpretación o sería como una partitura en manos de alguien que no sabe tocarla. y en este recorrido casi homérico encontramos muchos cantos de sirena en forma de oropeles de todo tipo, tanto fingido sotto voce como exagerado.

Vemos que encontrar un hospedaje que nos emocione sin ambages no es tarea fácil y se necesita conocer a fondo lo que este sector de la hospitalidad ofrece en cada momento para saber si han encontrado las claves adecuadas que se adaptan a ese espacio/tiempo y lo enriquecen. Como cualquier obra de arte. 

Nosotros miramos que todo tenga sentido, que sea un proyecto redondo, desde su idea inicial hasta su objetivo más poético pasando por su realidad arquitectónica, el diseño sincero, la oportunidad sensorial y el servicio. Ese que hace que el encuentro con el huésped sea único e inolvidable en cada circunstancia.

Por todo esto no es fácil recomendar, porque cada persona está en un momento del camino. 

En esta aventura nos hemos ido hasta Nueva York, donde la oferta es inigualable y nos gustaría hablaros de un descubrimiento tan elegantemente sutil que nos pone la carne de gallina. Os diré lo que no os vais a encontrar. No veréis la palabra lujo pero lo sentiréis, de ese lujo que reconforta desde el conocimiento y gracias al reconocimiento, o sea, reconocerte en las proyecciones que tú mismo haces desde tu conocimiento consciente y el inconsciente y que en un efecto especular te devuelve en vena con creces todos esos códigos que tú has aprendido sobre belleza para reconfortar tu ego. Pero también tu interior.

De una forma suave te llega, te toca y sabes qué es, que lo que estás viviendo es un momentum, que trasciende. Es una “experiencia religiosa” como diría el que canta pero no canta. No te da flashes horteras que epatan tu conciencia y te dejan KO, casi sin respiración. Y en ese momento alotrópico te creces y crees que es lo que no es. Tú lo miras y te devuelve verdad. La verdad que tú eres. Tú no sientes un extraordinario impostado sino una relajación auténtica, medular.

Tú no estás en el sitio de moda, aunque esté de moda, porque nunca pasará su tiempo. A estas alturas estarás pensando, “este tío nos va a enseñar una iglesia”. Y habrás acertado. Porque es un templo para los sentidos, un lugar sagrado, que reconforta el alma porque el acto estético eleva en sí mismo a quien lo consume.

Dicho lo cual, entre toda la maraña ordenada que supone Manhattan, un edificio en el West Side sirve de laboratorio de ideas para un imprescindible del diseño actual, Hannes Peer, que sin alharacas consigue convertir en icono todo lo que toca, porque él mismo está tocado por la gracia. Un renacentista contemporáneo que se maneja con códigos actuales revisitando clásicos de todos los tiempos sin despeinarse aportando frescura y visión de conjunto a todo lo que toca. No hay disciplina que se le resista. Una cascada de sensaciones nada más cruzar su puerta de bienvenida se agolpan intentando destacar sobre las demás.

Olores a maderas nobles, brillos de latones, tonos de mármol que se deslizan sin solución de continuidad por la retina patinando en busca del orgasmo sensual de la vivencia completa. Wow!, es un todo. Los uniformes de los trabajadores en velvet marrón juguetean con los colores de las alfombras veteadas que rebotan en los techos decorados de los pasillos, como si el mismísimo Tiepolo padre hubiera pasado sus pinceles por ellos.

Los muebles de las habitaciones adquieren una dimensión diferente, renovada, con formas que desafían la percepción convencional y te empapan de un llamémosle quasi cubismo formal donde hasta el propio Juan Gris se habría sentido satisfecho. Las formas se alinean con los colores para crear un nuevo tipo de percepción, más vívida, más sentida, más irrealmente real, que te ayuda a plantearte los límites de esa realidad que nos empeñamos en encapsular y clasificar como única.

En este trabajo, Peer se desata y su desenfreno nos salpica desde sus lacados con técnica japonesa hasta el avispado empleo de los espejos.No hay superficie que se le resista, y cada una por sí sola se explica a sí misma y en sí misma, pero amarrada a las demás es cuando cobra todo el sentido, toda su intención, su verdadera dimensión.

Solo podemos hablar de éxtasis ante este crisol de alegrías que como una vidriera iridiscente se cuela en lo más profundo de nuestras retinas y alcanza nuestro cerebro reptiliano en su faceta más elaborada y refinada. No me quiero olvidar de las lámparas, todo un jolgorio de luces, cristales y dorados que encuentran su realidad en formas imposibles. Bombillas que iluminan la sonrisa del espectador atónito ante tantos detalles por descubrir. Insisto, como las verdaderas obras de arte.

Porque aquí nada es evidente, aunque la evidencia sea aplastante y es tarea del que mira ir buscando cada gesto que se nos revela para interpretarlo en aras del conjunto. Para redondear la experiencia hemos querido preguntarle al propio autor por su obra en un ejercicio poco común de relato en hoteles. Consideramos que conocer algo más de su perspectiva, desde la que parió su obra, puede alumbrarla y permitirnos entenderla mejor en su completud.

Hannes Peer: «Concibo el diseño como un diálogo entre el pasado y el presente».

Tu trabajo combina lo histórico con lo contemporáneo. ¿Cómo defines el equilibrio entre respetar el pasado y reimaginarlo en tus diseños?

Concibo el diseño como un diálogo entre el pasado y el presente. Respetar el pasado implica comprender profundamente su contexto —cultural, geográfico e histórico— mientras que reimaginarlo supone dar vida a nuevas interpretaciones. Este equilibrio se manifiesta en mi trabajo a través de la interacción de materiales, como la yuxtaposición entre la artesanía tradicional y tecnologías de vanguardia, o la referencia a movimientos arquitectónicos históricos reinterpretados de manera fresca y relevante. No se trata de replicar, sino de crear una narrativa que conecte épocas, como el concepto de “memoria colectiva” de Aldo Rossi.

Si tuvieras que destilar tu filosofía de diseño en un solo material, ¿cuál sería y por qué?

La cerámica. Es un material que simboliza la transformación: la tierra se convierte en arte a través del fuego y el esmaltado. Representa la imperfección hecha perfecta, una metáfora de mi enfoque en el diseño. La cerámica permite experimentar con textura, color y forma, manteniendo una cualidad táctil y atemporal. Además, posee una profunda resonancia cultural, conectando pasado y presente a través de técnicas que varían entre tradiciones.

Has trabajado con gigantes del diseño como Rem Koolhaas. ¿Cómo moldearon estas experiencias tu estilo personal y cómo decidiste trazar un camino que se apartara de sus legados?

Trabajar con Rem Koolhaas me enseñó el valor del pensamiento crítico y de desafiar las convenciones. Su enfoque sobre la escala y el urbanismo amplió mi comprensión del potencial de la arquitectura más allá de la forma. Por otro lado, mi tiempo con Zvi Hecker profundizó mi aprecio por la narrativa y las capas poéticas del diseño. Decidí trazar mi camino integrando estas lecciones con mi propia pasión por la materialidad y la narración. Mi trabajo refleja una búsqueda de intimidad y eclecticismo, donde cada proyecto se convierte en una exploración profundamente contextualizada y personal.

Tus proyectos parecen involucrar tanto los sentidos como la razón. En tu proceso creativo, ¿qué papel juega la intuición frente a la técnica?

La intuición y la técnica son simbióticas. La técnica proporciona la estructura y precisión que fundamentan un proyecto, mientras que la intuición le aporta alma. Muchas ideas surgen de una sensación visceral: cómo debería sentirse un material bajo la mano, cómo debería moverse la luz en un espacio o cómo una paleta de colores debería evocar emociones. Pero la intuición debe afinarse a través de una investigación rigurosa y un entendimiento del contexto, para que el diseño resuene a nivel emocional e intelectual.

El eclecticismo es central en tu trabajo, pero ¿dónde trazas la línea entre la riqueza estilística y el exceso?

El eclecticismo se basa en el equilibrio y la intención. Cada elemento de un proyecto debe tener una razón de ser, una raison d’être, ya sea una referencia histórica, un guiño cultural o una experiencia sensorial.

Trazo la línea en cualquier cosa que se sienta superflua o desconectada de la narrativa general. El eclecticismo no consiste en añadir por añadir, sino en tejer una historia cohesionada, con capas y significado.

Si pudieras diseñar algo completamente fuera de tu zona de confort, ¿qué sería y por qué?

Un rascacielos. En la arquitectura contemporánea, los rascacielos suelen parecer monolitos de vidrio sin alma: elegantes, brillantes y simplistas, despojados de contexto histórico o identidad significativa. Dominan los horizontes, pero rara vez interactúan con el tejido cultural o histórico que los rodea, y a menudo fallan en integrarse al nivel urbano. Sin embargo, diseñar un rascacielos sería una oportunidad para reimaginar este género, retomando donde visionarios como Giò Ponti con el Pirellone en Milán o el movimiento Art Deco en Nueva York lo dejaron. Crearía un edificio que no solo sea funcional, sino profundamente evocador, con materiales que inviten al tacto, espacios públicos que enriquezcan el paisaje urbano y un diseño que celebre la memoria colectiva.

En una era obsesionada con la funcionalidad y la sostenibilidad, ¿cuál es tu postura sobre el diseño como arte puro, desvinculado de cualquier propósito práctico?

El diseño, por definición, es un arte aplicado. Existe en la intersección entre creatividad y utilidad. Aunque elementos de arte puro pueden influir en el diseño, este no puede existir únicamente como arte. Incluso las piezas de diseño coleccionable, que parecen tener el lujo de desvincularse de la funcionalidad, responden en algún grado a un propósito práctico. En la arquitectura o el diseño industrial, la usabilidad, el contexto y la practicidad deben guiar el proceso. No obstante, esto no significa descuidar la belleza o la expresión artística. Un diseño bien concebido puede—y debe—evocar emoción y curiosidad mientras satisface las necesidades para las que fue creado.

Si te ofrecieran diseñar algo extravagante, como un centro comercial inspirado en el kitsch neogótico o un lujoso baño público, ¿aceptarías por el puro placer del desafío?

Abordaría cualquier tipología con apertura y curiosidad, pero un estilo arquitectónico nunca debe ser impuesto ni servir como una superficial raison d’être para un proyecto. Referenciar una era o estilo sin un propósito más profundo corre el riesgo de reducir el diseño a un ejercicio estético. Sin embargo, cualquier tipología, por inusual que sea, puede ser una oportunidad para desafiar convenciones y crear algo sustancial. Mi metodología se centra en la narrativa, la artesanía y la materialidad, asegurando que incluso los proyectos más inesperados estén profundamente enraizados en el propósito y el significado.

¿Cuáles son tus principales fuentes de inspiración actualmente y podrías recomendar tres creadores poco conocidos cuyo trabajo merezca la pena seguir?

Mis inspiraciones están profundamente arraigadas en los maestros del diseño italiano de la época dorada, cuya aproximación atemporal a la forma, el material y la narrativa guía mi trabajo. Escultores como Isamu Noguchi, Costantino Nivola y Constantin Brâncuși también son una constante fuente de inspiración, al igual que las obras tempranas de Lucio Fontana en cerámica. En cuanto a creadores menos conocidos, destacaría a David Ostrowski, Thea Djordjadze y Sarah Oppenheimer, cada uno explorando nuevas fronteras entre arte, arquitectura y diseño.

Texto y entrevista de Carlos Sánchez Rey

Doctor en Filología Inglesa, con formación en Psicología y Filosofía. Empresario. Profesor asociado en la Universidad de Castilla-La Mancha. Director creativo y colaborador en medios de comunicación.